La Realización Personal y la Autoestima como Resultado del Proceso Creativo

Más allá del ego y la frustración: cómo el descubrimiento de nuestros dones innatos y la entrega a la expresión creadora transforman la autoestima e integran al individuo en el puzle universal.

 

Por Elia Villalba

HoyLunes – ¨Todo el mundo tiene un don¨. Y si se trata de un «alma prosperada» al estilo de DaVinci puede disponer de varios talentos, pero aún así siempre sobresale alguno que prevalece sobre los demás.

Ya se trate de una cualidad a nivel físico, emocional, intelectual o espiritual y pese a la gratuidad de su innata recepción, es completamente lícito utilizarla para el sustento propio, aunque como toda “bendición”, lo ideal sería que también redundara en beneficio de la comunidad, lo que constituiría una combinación perfecta que dotaría su ejercicio de una gratificante coherencia, pero en última instancia cada uno es responsable del uso que decida darle.

Aunque lo cierto es que salvo para una afortunada minoría que se hace consciente a una edad temprana, lo habitual es que las personas tengan que recorrer un arduo y a veces, zigzagueante camino hasta descubrir sus auténticas capacidades.

Así, encontramos dones que de manera extraordinaria aparecen desde la niñez casi en un grado superlativo, como si hubieran sido cultivados con carácter previo y vinieran “incorporados de fábrica” en un modo que arrancan de los labios la expresión: «Parece que ha nacido para esto” y hay otros que se hallan en un estadio menos elaborado, como una materia prima de alta calidad, que ha de ser tratada. Pero, en cualquier caso, la condición del don es la de una cierta preexistencia, ya sea en estado embrionario o más avanzado.

Pese a que parezca contradictorio, el trabajo duro suele ser previo al don, la dificultad radica la mayoría de las veces en su búsqueda, pues una vez lo encuentras, el don se desarrolla sin artificios ( probablemente porque su origen nos transciende).

Como en las grandes revelaciones de la historia, la inspiración florece en la humildad del trabajo diario cuando permitimos que la mente se abra al instante presente.
Como en las grandes revelaciones de la historia, la inspiración florece en la humildad del trabajo diario cuando permitimos que la mente se abra al instante presente.

Se trata sobre todo de velar para mantener encendida la luz de la lámpara, cuidarla, permitirle ser…, crecer, expandirse y convertirse en una fuente inagotable libre de interferencias egóticas. Y es entonces cuando la inspiración cae como un fértil rocío, haciendo germinar los polvos mágicos de la creatividad, que al igual que la energía, nunca muere, sino que en perpetua regeneración viaja atravesando los tiempos, transformándose en una multiplicidad diversa plena de matices y registros, adaptándose a los caprichos de la época y sin sucumbir jamás, vive reinventándose a sí misma en un continuo renacer de nuevas formas, pero con un único y renovado espíritu creador que todo lo envuelve.

Y es que, el talento en estado puro debe desplegarse sin demasiada intervención del ego para que sus estridencias no lo malogren profanando su genuina plasmación, al modo en el que se expresa en la película de Billy Elliot, cuando a la pregunta “¿qué sientes al bailar?” realizada por un miembro del jurado que le somete a evaluación, él responde: “Que yo desaparezco”.

El talento en estado puro debe desplegarse sin la estridencia del ego. Para que acontezca el milagro de la creación, la personalidad debe hacerse a un lado y permitir que el don flote con la misma naturalidad con la que una flor desprende su fragancia.

Por supuesto, no se trata de suprimir el ego de forma radical, sino de que “se eche a un lado”, para dejar que ocurra el milagro.

Pues un don debe prodigarse con la misma naturalidad con la que una flor desprende su fragancia.

Siguiendo una dinámica similar, los grandes descubrimientos de la humanidad han tenido lugar (si bien como culminación de un esforzado proceso), en la cotidianeidad de un anodino momento en un sencillo y habitual lugar, en el que, sin embargo, de repente, acontece esa conjugación mágica momentánea, origen de tantas “revelaciones”. Y es que la Historia con mayúsculas, se entreteje entre las humildes «minúsculas» de la intrahistoria: Sirva de ejemplo Arquímedes cuando en su baño cotidiano dio con el principio que lleva su nombre al grito de su famoso ¡Eureka! o la ley de gravitación universal de Isaac Newton y su tan traída y llevada manzana…

Nosotros mismos parecemos ser “hijos” de una inspiración en la que cada ser es concebido como una forma única de manifestación Divina y cómo tal, poseedor de algún tipo de atribución que le hace acreedor de su lugar en el mundo. Esta singularidad propia e intransferible que diferencia a cada individuo del resto de sus congéneres y que se traduce en un determinado estilo a la hora de «ver y hacer» a modo de intrínseca “marca personal”, es lo que nos convierte a cada uno, en pieza original del gran puzle universal, cuyo cometido fundamental es descubrir el lugar que en él ocupa, sin perder de vista el hecho de que nuestras polaridades negativas también nos definen de manera similar, a como en biología se considera que las especies aparentemente inútiles e incluso los parásitos, cumplen una función ineludible para preservar el equilibro de todo el ecosistema (y que lo que es inadecuado en un sitio resulta correcto en otra posición, con lo que contrariamente a lo que se suele afirmar, todo el mundo es imprescindible en el diseño Divino).

Para encontrar su papel en el escenario de la vida, el espacio vital en el que encajar, cada ser humano, ya que obviamente en el mundo animal y vegetal este proceso no acontece, al estar regido su devenir por la infalibilidad del instinto, prácticamente determinante.

 

Elia Villalba
Elia Villalba: Autora y apasionada de la mística, la filosofía y la literatura.

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